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Saturday, May 16, 2026

Infarto.

 


Mi mensaje, portador de incertidumbre respecto a su salud, desata una especie de entusiasmo inesperado. Desde su cama, o tal vez desde el asiento junto a ella, confirma que sufrió un gran infarto. Que ha estado ingresada en la sala de Cardiología, apunta; mas se muestra calmada y hasta, diríase, animada.


«Esto que me ha sucedido ha sido una oportunidad que Dios me ha dado para que yo pueda darme cuenta del inmenso cariño que sembré en las personas. También me ha servido para interiorizar algunos aspectos negativos en mi estilo de vida», dice.

Habla de muestras enormes de cariño, de mensajes de amor, de preocupación jamás imaginada respecto a su persona. Menciona las visitas de cuanto médico la conoce en el hospital, que no deben de ser pocos, a juzgar por la cantidad de alumnos que tuvo a lo largo de su vida, quienes al pasar por su sala llegaron a verla. Luego lanza la invitación. Que escriba sobre esos seres que aún la mantienen sorprendida, me pide; que hable sobre el Departamento de Cardiología del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos.

Se percibe en su voz la enorme admiración por «el extraordinario equipo de jóvenes talentos profesionales que tiene aquí la Salud Pública espirituana», por su entrega no solo en su caso particular, sino «ante cada caso que les llega». Y habla, serena y detalladamente, de médicos, paramédicos, especialistas, enfermeros; «gente toda llena de amor, de responsabilidad, gente atenta al paciente de manera constante».

Comenta acerca del marcapasos portátil que debieron instalarle, operación por la vena yugular mediante, y alude a la destreza de los jóvenes que asumieron esa misión, que permitió salvarle la vida. «Casi sin recursos», detalla de manera oportuna. Delega en mí para que el reconocimiento se haga efectivo, y siento que no puedo hacerlo mejor que ella, que horas después de esta reportera acceder a escribir haciendo uso de su testimonio me hace llegar una síntesis digna de sus mejores cualidades como pedagoga.

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