Monday, October 24, 2016

Tai Shi para tranquilizar el "Parkinson"

A Norma la delata su mano derecha, demasiado impaciente para la metódica lentitud del tai shi. Obedece, sí; pero no sin resistencia. Es culpa del Párkinson, esa enfermedad que, como dijera el pintor Pedro Pablo Oliva, pone alas de colibrí a su brazo.
Norma Molina Almeida tiene 72 años, nació en La Habana y fue secretaria en su juventud. La conocí en una exhibición de tai shi y me contó que lleva diez años radicada en Cienfuegos y hace ocho le diagnosticaron este padecimiento.
“Estuve un tiempo largo cuidando de mi mamá, lo cual me produjo un estrés permanente y temblor en la mano. Me llevaron al Ciren (Centro Internacional de Restauración Neurológica) y allá me dijeron lo del Párkinson. Tengo tratamiento médico, gracias a un excelente grupo de especialistas, a quienes veo cada seis meses y también sigo las recomendaciones de la fisioterapeuta.
“Después supe de la escuela de tai shi en el Costa Sur y hablé con el maestro, le expliqué mi situación. En aquel momento engarrotaba mucho los dedos, me costaba trabajo todo y así empecé. Claro, con un esfuerzo tremendo. Fui más bien para probarme a mí misma, para demostrarme que podía, agotando las posibilidades a mi alcance. Quería conseguir una estabilidad, al menos sentirme útil. Fui con esa ilusión y la he materializado en gran parte.
      
“Yo con mi Párkinson hago cualquier tipo de ejercicios, siempre dentro de la rutina del tai shi, por supuesto, porque son más lentos, añade. Por eso exhorto a quienes sufran de alguna enfermedad acudir a esas sesiones: hay señoras que llegan con bastón y se van sin él. Llevo año y medio de práctica y ya usted me ve. En verdad, le debo mucho al tai shi y a mi profesor Lino (Delgado Saceiro)”.
A su lado, un poco distantes de nuestro diálogo, permanecen varias amigas. Norma puede valerse por sí misma; pero el respaldo de los seres queridos es una pieza fundamental en su cotidianidad.
“Mi familia está muy contenta al verme conseguir estas cosas, señala. Primero, hacer el ejercicio, pues mis articulaciones ya no son ni las de una persona joven ni las de una persona sana. Sin embargo, mantengo algunas de mis funciones como ama de casa. Somos mi esposo y yo, y su apoyo me es imprescindible: en las tareas del hogar y en lo espiritual. Es muy importante ese soporte, el de mis hijos, nietos, amistades, la escuela… Ellos completan un todo que me tiene aquí hoy.
“Cura sé que no tengo: lo que he logrado es aprender a vivir con mi enfermedad, asumir mi enfermedad. En la medida en que psicológicamente lo alcance, podré durar… no sé, un poco más”.
A pesar de la fortaleza emocional, por momentos su voz se quiebra ante la inevitable realidad. Entonces no aparecen las palabras de consuelo, tampoco creo que sirvan. Sin embargo, Norma ya derribó molinos más amenazantes y vuelve a la carga, con el optimismo de siempre.
“Ya sabes, cuando quieras pasa por la casa, me haces la visita y podrás comprobar cuanto te he dicho”, me dice. “Seguro, y así le tomo el café”, respondo. Ella duda… Solo entonces reparo en la torpeza del mecánico formalismo y sopeso la situación, lo complejo que se tornan los detalles más comunes en su circunstancia. Ella, en cambio, sale airosa del trance. “Sí, antes le pido a alguien que llene el embudito de la cafetera con el polvo… Aunque tengo momentos donde puedo hacerlo sola, cuando casi no tiemblo nada”.
El colibrí de su mano, ahora acurrucado en su pecho, no cesó de revolotear durante la conversación. A ratos, lucía más impaciente que de costumbre. “Ahora estoy un poquito nerviosa, por lo del ejercicio, la entrevista… No todo este temblor es por el Párkinson”. Otra vez sonríe Norma y encuentro sosiego. “Nada, es este carácter que me ayuda: me gusta participar, socializar… Todo eso contribuye a que el Párkinson se esté tranquilito”.
Fuente: http://www.5septiembre.cu/tai-shi-para-tranquilizar-al-parkinson/